Entradas

Me lo dijo para que te lo contara

Te quiero contar que él te quiere contar que nunca olvidará el día y de cómo te conoció. El recuerda que bajó de un barco, que llegó a un amplio salón, en donde un marinero presentó al personal que colaboró con él y que al momento que escuchó tu nombre, casi por instinto, regreso a ver de quién se trataba.
Él te quiere decir que por un azar del destino llegaste al sitio en que, por un instante, vivías; eso, un secreto y otros sentimientos más te quiero contar que él me contó para que yo te cuente.
Pero él quiere recordarte que se llama Raúl Alejandro y que por una aventura profesional llegó hasta el puerto en que te conoció; no obstante, también cree que fue muy poco tiempo que tuvo para tratarte, en ese momento.
También me narró una historia para que te cuente sobre su única despedida. Me dijo que el tiempo que compartieron, que se fue haciendo corto mientras más conversaban, él primero dijo su nombre y tú le diste el tuyo.
Raúl Alejandro me contó que al principio no entendió tu nom…

Crónica de las 1.825 cartas de amor

La rutina fue perfecta durante esos casi 5 años. Nunca varió ni en sábado ni en domingo. Despertarse a las 6 de la mañana, desayuno de 7 a 8, ejercicios de 9 a 12, descanso; almuerzo a las 13h00, y tarde para la lectura. En la noche a dormir a las 9, pero antes escribir aquella carta.

Jornada tras jornada fue así durante 1.825 días. Sin familia, con un amor y con pocos amigos, cuando decidieron por él lo que sería su vida en esos cinco años, solo pidió que le hicieran llegar hojas de papel y algunos lápices, no esferográficos. También sobres de papel.

Y así, al llegar la noche y antes que las luces se apagaran, con su lápiz escribía con su puño y letra una carta de amor; se recostaba de medio lado en su cama de media plaza y sobre una tabla del tamaño de las hojas colocaba una; así empezaba a poner cada oración que salía de su mente.

Entre oración y oración, se recostaba sobre la almohada… soñaba con las palabras y las escribía. El tiempo para para plasmarlas también fue parte de la …

El único sí fue el último

Al igual que todas mañanas, llegué hasta su casa y esta vez no encontré el aroma a café. El silencio inundaba aquella estancia decorada con esmero y de pulcritud inapelable, aun así entré sin usar la alfombra. Dije su nombre en voz alta… una y otra vez mientras avanzaba por la sala. Nada, ninguna respuesta.

La sala, el comedor, la cocina, el baño, el patio y en ningún lugar estaba. En los cinco años que la conozco nunca salía de casa sin dejar un nota y el café preparado. Esta vez ninguno de los dos. 

Un solo sitio faltaba revisar, al lugar de la casa al que nunca había sido invitado: su dormitorio. 

Subí las escaleras y vi la única puerta, entreabierta, ausencia total de ruidos; la empujé y se abrió así mismo en silencio. Allí está ella, acostada sobre el piso, nada a su alrededor, con los brazos cruzados sobre el pecho. Tenía la pose que muestra las fotografías de las momias de Egipto. 
Lo ojos cerrados y no se sentía su respiración.

– ¿Estás bien? Pregunté

 – ¡¡No!! Me respondió casi sin…

Mi segunda cita con Andrea

La carta en la tumba