domingo, 23 de diciembre de 2012

Crónica de las 1.825 cartas de amor


La rutina fue perfecta durante esos casi 5 años. Nunca varió ni en sábado ni en domingo. Despertarse a las 6 de la mañana, desayuno de 7 a 8, ejercicios de 9 a 12, descanso; almuerzo a las 13h00, y tarde para la lectura. En la noche a dormir a las 9, pero antes escribir una carta. Jornada tras jornada fue así durante 1.825 días.

Sin familia, con un amor y con pocos amigos, cuando decidieron por él lo que sería su vida en esos cinco años, solo pidió que le hicieran llegar hojas de papel y algunos lápices, no esferográficos. También sobres de papel.

Y así, al llegar la noche y antes que las luces se apagaran, con su lápiz escribía con su puño y letra una carta de amor; se recostaba de medio lado en su cama de media plaza y sobre una tabla del tamaño de las hojas colocaba una; así empezaba a poner cada oración que salía de su mente.

Entre oración y oración, se recostaba sobre la almohada… soñaba con las palabras y las escribía. El tiempo para para plasmarlas también fue parte de la rutina, pues desde el momento en que podía llegar a su cama hasta el rato que todo quedaba a oscuras apenas tenía 45 minutos. Cada una de las cartas fue escrita en ese tiempo.

Para lograr que cada carta en ese tiempo, durante todo el día en cada actividad, mientras sentía que al menos 10 pares de ojos lo miraban, en su mente se acuñaban las ideas de lo que en la noche escribiría… en su mente forjaba las oraciones y se las aprendía de memoria, una a una.

El primer párrafo de su primera carta en su primer día fue el más complicado de todos y con un gran esfuerzo quedó así:

“Amor mio:
Esta primera carta no es para contarte mis lamentos, estas palabras son para que tengas la confianza que cada día que estemos alejados se acercará el momento en que volvamos a estar juntos. Aquí y ahora me hago la promesa de escribirte mis sueños y anhelos, en los que pondré todo el amor que siento por ti, así cada vez que me leas sepas que aun vives en mi corazón a pesar de lo distantes que estén nuestros cuerpos.”

El segundo día, al reconocer un poco su nuevo lugar de residencia, supo que la empresa de correos había colocado un buzón. Sintió alivio pero tenía que cumplir una condición para usarlo: una tercera persona debía leerla antes de cerrar el sobre y ponerlo en el buzón. No le importó.

Durante los 1.825 días que escribió cartas nunca recibió una respuesta y no le asombraba, tampoco las esperaba, pues sabía a la perfección que ella jamás se tomaría el tiempo para contestar, no era su estilo. La no respuesta jamás le desanimó y cada vez escribió con más sentimiento y dedicación.

Y el día antes que se le cumpla el plazo, escribió la penúltima carta, al igual que las anteriores 1.823 cartas, del bolsillo de su chaqueta sacó una foto de ella, que estaba emplasticada para evitar el deterioro de la imagen de su boca y sus manos enviándole un beso; la colocó a un lado de almohada y empezó a plasmar en el papel lo que todo el día había pensado:

“Amor mio:
Tal como te había comentado en mis cartas anteriores, llegó el día que por fin podré salir de aquí para ir directamente a encontrarme contigo. No sabes tú cuando deseo que llegue ese momento y desde este rato empiezo a contar los minutos.

No me invade la desesperación, creo que debo mantener la calma para que nada dañe el gran momento que nos espera en nuestro reencuentro.

Gracias al amor que siento por ti, pude mantenerme alejado de las duras realidades que debí enfrentar y con ello demostrar que mi mente al estar ocupada pensando en ti, me dio la suficiente fuerza para afrontar con calma el día a día de este encierro.

Nadie como yo para saber que el amor puede ser tan fuerte o débil, cuando debe superar no la prueba de las dudas, sino los límites de la distancia. Mi amor por ti cada día se hizo más fuerte al saber que tus besos en esa foto me acompaña estarán allí cuando definitivamente estemos frente a frente.

Hoy al pensar en tus futuros abrazos, no hago más que preparar los míos. Sueño en que nuestro primer abrazo será tan fuerte como aquel día que nos despedimos, pero esta vez lloraremos de alegría y no de tristeza como el día que supiste que debía alejarme de tu lado por obligación. Mis brazos te esperan amor mio.

Antes que terminar esta carta quiero que sepas que la última que te escriba desde aquí te la llevaré yo personalmente para entregarte con el más fuerte de mis besos y la seguridad que ya jamás me alejaré de ti.
Tuyo:

Justo al doblar la carta para meterla al sobre, la luz se apagó y con la penumbra de algún foco de exterior, pudo hacerlo. La guardó bajo su almohada, tomo la fotografía de ella y a pesar de que casi no la distinguía por la oscuridad, la besó… unas lágrimas salieron de sus ojos. Trago saliva y se acostó, poniendo la foto en su pecho como si la estuviera abrazando. Solo debía dormir hasta esperar que amanezca y se cumplan sus cinco años de cárcel.

Y así fue, amaneció. Cumplió la actividad de rutina que sería la última, según vio en su calendario pegado en una de las paredes de su celda. Tachó la fecha.

En el momento del descanso, tomo la carta que había escrito la noche anterior y fue hacia la oficina del jefe de los carceleros, a un lado estaba una ventanilla y tras ella en un escritorio un guardia; extendió el sobre abierto y el guardia lo tomó, sacó el contenido y lo leyó tan despacio como pudo, tratando de encontrar algún detalle que pusiera en riesgo la seguridad.

Terminó de leerla y la devolvió al sobre, en un movimiento mecánico y sin mostrar ningún tipo de sentimientos, puso goma en los bordes del sobre, lo selló y colocó la estampilla; la introdujo en el buzón.

Pasó el día tal cual ocurrió durante sus cinco años de condena. Llegó la noche y escribió la carta número  1.825, que esta vez sería la más corta de todas y que la entregaría personalmente:

Amor mío:
Nunca te dejé de amar. Ven, abrázame y bésame.
Sigo siendo tuyo:

El último amanecer le esperaba en medio de esos muros que como única puerta tenía unos barrotes y ninguna ventana. Se durmió nuevamente abrazando la foto de su amada.

Llegó la mañana y de acuerdo con las instrucciones recibidas, debía cumplir la rutina de la mañana, pues en la tarde se realizarían todos los trámites para que pudiera salir en libertad. Así lo hizo y en la tarde, en su celda empezó a arreglar sus pertenencias, que las guardó en una bolsa de lona.

El uniforme azul que por cinco años había llevado, estaba doblado junto a la almohada y una cobija, pues debía entregar esas prendas al salir. Se sentó en el filo de la cama y con la mirada pasó revista a aquella celda para tratar de descubrir si olvidaba algo, hasta que recibiera nuevas instrucciones.

La carta, la última carta, y la foto estaban metidas en su camisa que le entregaron con el resto de su ropa que estuvo en alguna bodega del recinto carcelario. Llegó entonces uno de los carceleros y le dio dos sobres; solo le dijo: “Tienes 5 minutos para presentarte en la oficina central”. Se dio la vuelta y desapareció. Muchos de sus compañeros presos llegaron para despedirse.

Uno de los sobres tenía la comunicación oficial que confirmaba que había cumplido su sentencia; tenía todas las firmas y sellos necesarios. El otro, escrito a mano su nombre y en que pudo reconocer la letra de su amada, lo llevó hasta su nariz y lo olió, pero no lo abrió. Se cumplía el plazo en que debía estar en la oficina y no quería tener problemas justo antes de salir, de todas maneras seguía siendo un reo.

Llegó hasta la oficina central y el guardia de la entrada le dijo que esperara hasta que el Director le recibiera. Él aprovechó ese tiempo para sacar el sobre de su amada y leerlo. Supo lo que decía por lo corto de su contenido y antes que pudiera reaccionar, fue llamado para que entrara a la reunión con el Director de la cárcel.

Frente al escritorio, el Director le dio un breve discurso de despedida. Seco, como si fuera aprendido de memoria y terminó diciendo que no quería volverlo a ver por allí. Le extendió la mano y le deseo buena suerte. El simplemente bajó la mirada y dio las gracias.

Entró un guardia y le tocó el hombro, regresó a ver, dio media vuelta y siguió a su custodio. Caminaron por unos 10 minutos por un sinfín de pasillos, entre los cuales había puertas de barrotes para separarlos.

Llegaron, sin decir palabra, hasta una puerta y entraron a una oficina en que otro guardia estaba apuntando algo en un libro. Alzó ver, extendió la mano y pidió el documento de excarcelación. Le hizo firmar en otro libro y se escuchó un ruido de una gran puerta abriéndose. Los guardias se despidieron de él con suma cortesía y también le desearon suerte en su nueva vida.

Durante todo este trayecto, jamás dijo una sola palabra. Su mirada estaba fija en el frente y su mandíbula reflejaba la fuerza que ejercía sus dientes en una especia de mordida fuerte al vacío.

Cuando al fin sus pies estuvieron a otro lado del gran portón y sin sentirse en medio de los grandes muros de esa cárcel, se paró firme, sacó de su bolsillo el oficio y la carta, puso frente a sus ojos los dos, en el uno quedaba demostrado que su cuerpo tenía libertad y en el otro que sus sentimientos habían sido condenados a cadena perpetua.

Guardo el oficio con esmero, pero sacó la carta número 1.825 y junto al otro papel simplemente los dejó caer. Al topar piso pudo leer por última vez las palabras de su amada en la carta que le había escrito.

Las dos cartas en el piso se fundieron: “Nunca te dejé de amar. Ven, abrázame y bésame” … “Lo siento, mi amor no fue tan fuerte como el tuyo. Adios para siempre”.

lunes, 19 de diciembre de 2011

Crónica de las 1.825 cartas de amor


La rutina fue perfecta durante esos casi 5 años. Nunca varió ni en sábado ni en domingo. Despertarse a las 6 de la mañana, desayuno de 7 a 8, ejercicios de 9 a 12, descanso; almuerzo a las 13h00, y tarde para la lectura. En la noche a dormir a las 9, pero antes escribir aquella carta. Jornada tras jornada fue así durante 1.825 días.

Sin familia, con un amor y con pocos amigos, cuando decidieron por él lo que sería su vida en esos cinco años, solo pidió que le hicieran llegar hojas de papel y algunos lápices, no esferográficos. También sobres de papel.

Y así, al llegar la noche y antes que las luces se apagaran, con su lápiz escribía con su puño y letra una carta de amor; se recostaba de medio lado en su cama de media plaza y sobre una tabla del tamaño de las hojas colocaba una; así empezaba a poner cada oración que salía de su mente.

Entre oración y oración, se recostaba sobre la almohada… soñaba con las palabras y las escribía. El tiempo para para plasmarlas también fue parte de la rutina, pues desde el momento en que podía llegar a su cama hasta el rato que todo quedaba a oscuras apenas tenía 45 minutos. Cada una de las cartas fue escrita en ese tiempo.

Para lograr que cada carta en ese tiempo, durante todo el día en cada actividad, mientras sentía que al menos 10 pares de ojos lo miraban, en su mente se acuñaban las ideas de lo que en la noche escribiría… en su mente forjaba las oraciones y se las aprendía de memoria, una a una.

El primer párrafo de su primera cara en su primer día fue el más complicado de todos y con un gran esfuerzo quedó así: 

“Amor mio:
Esta primera carta no es para contarte mis lamentos, estas palabras son para que tengas la confianza que cada día que estemos alejados se acercará el momento en que volvamos a estar juntos. Aquí y ahora me hago la promesa de escribirte mis sueños y anhelos, en los que pondré todo el amor que siento por ti, así cada vez que me leas sepas que aun vives en mi corazón a pesar de lo distantes que estén nuestros cuerpos.
Tuyo"

El segundo día, al reconocer un poco su nuevo lugar de residencia, supo que la empresa de correos había colocado un buzón. Sintió alivio pero tenía que cumplir una condición para usarlo: una tercera persona debía leerla antes de cerrar el sobre y ponerlo en el buzón. No le importó.

Durante los 1.825 días que escribió cartas nunca recibió una respuesta y no le asombraba, tampoco las esperaba, pues sabía a la perfección que ella jamás se tomaría el tiempo para contestar, no era su estilo. La no respuesta jamás le desanimó y cada vez escribió con más sentimiento y dedicación.

Y el día antes que se le cumpla el plazo, escribió la penúltima carta, al igual que las anteriores 1.823 cartas, del bolsillo de su chaqueta sacó una foto de ella, que estaba emplasticada para evitar el deterioro de la imagen de su boca y sus manos enviándole un beso; la colocó a un lado de almohada y empezó a plasmar en el papel lo que todo el día había pensado: 

“Amor mio:
Tal como te había comentado en mis cartas anteriores, llegó el día que por fin podré salir de aquí para ir directamente a encontrarme contigo. No sabes tú cuando deseo que llegue ese momento y desde este rato empiezo a contar los minutos.
No me invade la desesperación, creo que debo mantener la calma para que nada dañe el gran momento que nos espera en nuestro reencuentro.

Gracias al amor que siento por ti, pude mantenerme alejado de las duras realidades que debí enfrentar y con ello demostrar que mi mente al estar ocupada pensando en ti, me dio la suficiente fuerza para afrontar con calma el día a día de este encierro.

Nadie como yo para saber que el amor puede ser tan fuerte o débil, cuando debe superar no la prueba de las dudas, sino los límites de la distancia. Mi amor por ti cada día se hizo más fuerte al saber que tus besos en esa foto me acompaña estarán allí cuando definitivamente estemos frente a frente.

Hoy al pensar en tus futuros abrazos, no hago más que preparar los míos. Sueño en que nuestro primer abrazo será tan fuerte como aquel día que nos despedimos, pero esta vez lloraremos de alegría y no de tristeza como el día que supiste que debía alejarme de tu lado por obligación. Mis brazos te esperan amor mio.

Antes que terminar esta carta quiero que sepas que la última que te escriba desde aquí te la llevaré yo personalmente para entregarte con el más fuerte de mis besos y la seguridad que ya jamás me alejaré de ti.
Tuyo"

Justo al doblar la carta para meterla al sobre, la luz se apagó y con la penumbra de algún foco de exterior, pudo hacerlo.

La guardó bajo su almohada, tomo la fotografía de ella y a pesar de que casi no la distinguía, la besó… una lágrimas salieron de sus ojos. Trago saliva y se acostó, poniendo la foto en su pecho como si la estuviera abrazando. Solo debía dormir hasta esperar que amanezca y se cumplan sus cinco años de cárcel.

Y así fue, amaneció. Cumplió la actividad de rutina que sería la última, según vio en su calendario pegado en una de las paredes de su celda. Tachó la fecha.

En el momento del descanso, tomo la carta que había escrito la noche anterior y fue hacia la oficina del jefe de los carceleros, a un lado estaba una ventanilla y tras ella en un escritorio un guardia; extendió el sobre abierto y el guardia lo tomó, sacó el contenido y lo leyó tan despacio como pudo, tratando de encontrar algún detalle que pusiera en riesgo la seguridad.

Terminó de leerla y la devolvió al sobre, en un movimiento mecánico y sin mostrar ningún tipo de sentimientos, puso goma en los bordes del sobre, lo selló y colocó la estampilla; la introdujo en el buzón.

Pasó el día tal cual ocurrió durante sus cinco años de condena. Llegó la noche y escribió la carta número 1.825, que esta vez sería la más corta de todas y que la entregaría personalmente: 

"Amor mío:
Nunca te dejé de amar. Ven, abrázame y bésame.
Sigo siendo tuyo" 

El último amanecer le esperaba en medio de esos muros que como única puerta tenía unos barrotes y ninguna ventana. Se durmió nuevamente abrazando la foto de su amada.

Llegó la mañana y de acuerdo con las instrucciones recibidas, debía cumplir la rutina de la mañana, pues en la tarde se realizarían todos los trámites para que pudiera salir en libertad. Así lo hizo y en la tarde, en su celda empezó a arreglar sus pertenencias, que las guardó en una bolsa de lona.

El uniforme azul que por cinco años había llevado, estaba doblado junto a la almohada y una cobija, pues debía entregar esas prendas al salir. Se sentó en el filo de la cama y con la mirada pasó revista a aquella celda para tratar de descubrir si olvidaba algo, hasta que recibiera nuevas instrucciones.

La carta, la última carta, y la foto estaban metidas en su camisa que le entregaron con el resto de su ropa que estuvo en alguna bodega del recinto carcelario. Llegó entonces uno de los carceleros y le dio dos sobres; solo le dijo: “Tienes 5 minutos para presentarte en la oficina central”. Se dio la vuelta y desapareció. Muchos de sus compañeros presos llegaron para despedirse.

Uno de los sobres tenía la comunicación oficial que confirmaba que había cumplido su sentencia; tenía todas las firmas y sellos necesarios. El otro, escrito a mano su nombre y en que pudo reconocer la letra de su amada, lo llevó hasta su nariz y lo olió, pero no lo abrió. Se cumplía el plazo en que debía estar en la oficina y no quería tener problemas justo antes de salir, de todas maneras seguía siendo un reo.

Llegó hasta la oficina central y el guardia de la entrada le dijo que esperara hasta que el Director le recibiera. Él aprovechó ese tiempo para sacar el sobre de su amada y leerlo. Supo lo que decía por lo corto de su contenido y antes que pudiera reaccionar, fue llamado para que entrara a la reunión con el Director de la cárcel.

Frente al escritorio, el Director le dio un breve discurso de despedida. Seco, como si fuera aprendido de memoria y terminó diciendo que no quería volverlo a ver por allí. Le extendió la mano y le deseo buena suerte. El simplemente bajó la mirada y dio las gracias.

En seguida entró un guardia y le tocó el hombro, regreso a ver, dio media vuelta y siguió a su custodio. Caminaron por unos 10 minutos por un sinfín de pasillos, entre los cuales había puertas de barrotes para separarlos.

Llegaron, sin decir palabra, hasta la puerta de entrada y entraron a una oficina en que otro guardia estaba apuntando algo en un libro. Alzó ver, extendió la mano y pidió el documento de excarcelación. Le hizo firmar en otro libro y se escuchó un ruido de una gran puerta abriéndose. Los guardias se despidieron de él con suma cortesía y también le desearon suerte en su nueva vida.

Durante todo este trayecto, jamás dijo una sola palabra. Su mirada estaba fija en el frente y su mandíbula reflejaba la fuerza que ejercían sus dientes en una especia de mordida fuerte al vacío.

Cuando al fin sus pies estuvieron a otro lado del gran portón y sin sentirse en dio de los grandes muros de esa cárcel, se paró firme, sacó de su bolsillo el oficio y la carta, puso frente a sus ojos los dos, en el uno quedaba demostrado que su cuerpo tenía libertad y en el otro que sus sentimientos habían sido condenados a cadena perpetua.

Guardo el oficio con esmero, pero sacó la carta número 1.825 y junto al otro papel simplemente los dejó caer. Al topar piso pudo leer por última vez las palabras de su amada junto a la carta que le había escrito.

Las dos cartas se fundieron: “Nunca te dejé de amar. Ven, abrázame y bésame” … “Lo siento, mi amor no fue tan fuerte como el tuyo. Adios para siempre”.

miércoles, 17 de agosto de 2011

El único sí fue el último

Al igual que todas mañanas, llegué hasta su casa y esta vez no encontré el aroma a café. El silencio inundaba aquella estancia decorada con esmero y de pulcritud inapelable, aun así entré sin usar la alfombra. Dije su nombre en voz alta… una y otra vez mientras avanzaba por la sala. Nada, ninguna respuesta.
 
La sala, el comedor, la cocina, el baño, el patio y en ningún lugar estaba. En los cinco años que la conozco nunca salía de casa sin dejar un nota y el café preparado. Esta vez ninguno de los dos.
 

Un solo sitio faltaba revisar, al lugar de la casa al que nunca había sido invitado: su dormitorio. 

Subí las escaleras y vi la única puerta, entreabierta, ausencia total de ruidos; la empujé y se abrió así mismo en silencio. Allí está ella, acostada sobre el piso, nada a su alrededor, con los brazos cruzados sobre el pecho. Tenía la pose que muestra las fotografías de las momias de Egipto. 
Lo ojos cerrados y no se sentía su respiración.
 

– ¿Estás bien? Pregunté
 

 – ¡¡No!! Me respondió casi sin mover los labios y sin abrir los ojos.
 

– ¿Físico o emocional? Dije casi al instante
 

El silencio volvió a reinar y supe quedarme callado para analizar esa respuesta. Respiré con fuerza e hice la siguiente pregunta:
 

– ¿Quieres tomar café?
– ¡No! Fue la respuesta
 

Casi de inmediato intervine.
– Bien, si es que no te molesta, voy a preparar café. Ya sabes que es una costumbre que no la puedo dejar de un día para el otro.
 

Nuevamente sus labios se movieron. Dijo: – “¡No!”
 

Di media vuelta y bajé a la cocina. Busque el ánfora de porcelana decorada, de la que la vi sacar siempre el café molido. A mis espaldas estaba la cafetera eléctrica con la jarra de cristal transparente… limpia. Cumplí los procedimientos de estos casos y mientras filtraba el café decidí fumar un cigarrillo.
 

Me arrimé sobre un anaquel, saqué la cajetilla y la fosforera del bolsillo de mi camisa, tomé uno de los cigarrillos y lo lleve hasta mis labios, lo prendí y tome la primera bocana de humo como si no lo hubiese hecho en años… solté el humo con fuerza, que coincidió con los primeros aromas a café provenientes de aquella cafetera. Los olores se mezclaron. Ahora debía decidir qué hacer con ella.
 

Terminé mi cigarrillo y ya estaba listo el café para beberlo.
Tomé un pequeño cenicero y lo guardé en el bolsillo trasero de mi pantalón. Por el asa de un jarro pasé mis dedos y con apoyo de mis manos levanté la cafetera y la lleve conmigo. 

Subí las escales y nuevamente llegué frente a ella.
Me incliné y deposité el jarro en el piso, dejé la cafetera junto a una pared con un enchufe cercano, la conecté. 


Busqué en la cama la almohada y la puse en el piso casi cercana a ella. Aun lado estaban el cenicero, la cafetera, mis cigarrillos… faltaba algo. Bajé nuevamente a la cocina por el azúcar y una cuchara. Regrese al cuarto, me senté sobre la almohada.
 

Ya con todo lo necesario a mi alrededor empecé el ritual: me serví un jarro de café, el puse una cucharada pequeña de azúcar y lo mezclé casi sin hacer sonar… lo probé; satisfacción. Prendí otro cigarrillo y la miré de pies a cabeza. Bebí un trago y fumé. Las energías que necesitaba para empezar.
 

– Ya que estoy aquí y tú estás así, es un buen momento para saber sobre esta actitud tuya.
 

Esta vez me debes una conversación por las tantas horas que siempre te presté oídos. No te pido que justifiques ánimo.
 

Abrió los ojos pero no me miró. Acerqué mi cigarrillo a sus labios y le dio una pitada, tragó el humo y lo soltó lentamente. Sin decir nada de nada. Yo seguí tomando mi café.
 

Casi como un susurro empezó a balbucear sonidos inentendibles. Volví a fumar y dejé que siguiera en ese arrebato. Había dado un buen paso. Cuando calló nuevamente puse el cigarrillo en sus labios.
 

– Por favor, podrías hablar con claridad. Creo que al menos eso me merezco.
 

Empezó a explicarme la situación, con tono mesurado y arrítmico, sin emociones, pero sin cambiar de posición del cuerpo. Sus palabras eran las justas. En cada silencio yo simplemente hacía alguna pregunta para darle pauta para que siga contando su historia.
 

Pasaron como 18 cigarrillos y bastantes tragos de café. Ella solo consentía que ponga un cigarrillo encendido en sus labios.
 

– ¿Hay algo más? Pregunté al sentir que su último silencio se prolongó
– ¡No!
 

Me levanté para estirar las piernas. Fui hacía la única ventana desde la que podía mirar la pared despintada de una vieja casa, de la que colgaban unos maceteros en los que apenas había tierra seca y unas matas entre marchitas y verdes. Al otro lado estaba la ciudad, con grades edificios que a la distancia parecían vacíos y en algunos grandes publicidades con rostros sonrientes. Trate de encontrar detalles sin importancia, como una manera de permitir que de mi mente se escaparan las confesiones escuchadas.
No sé si minutos o segundos, pero regresé junto a ella. 


Nuevamente la miré: seguía acostada e inmóvil. Mis ojos la recorrieron como para entender si todo lo comentado era una realidad, no había razones para no creer en sus palabras. Cinco años de largas conversaciones al son de café eran suficientes para saber que estaba en un gran problema y que la solución no era fácil.
 

Me volví a acomodar en la almohada, más cerca de ella y de adrede, mi rodilla se posó en su muslo.
 

–  ¿Tienes un plan B?
– ¡No!
 

– Creo que hay un solo camino que se podría seguir en este caso ¿Podrás hacerlo tú misma?
– ¡No!
 

– ¿Tienes alguien más en quien confiar para que te ayude?
– ¡No!
 

– ¿Quieres que yo lo haga?
– ¡Sí! Por favor. Eres el único que puede hacerlo con las mejores intenciones. Ya tengo todo listo para este momento.
 

Prendí el penúltimo cigarrillo de mi cajetilla. Estaba llena cuando llegué. Ya no había café. Y estaba frente a la más compleja decisión de mi vida en que de por medio estaban los cinco años de nuestra gran y única amistad, y al otro extremo un futuro predecible.
 

Me levanté y la dejé allí, acostada en el piso, con los brazos cruzados sobre su pecho y a su lado el jarro de café, la almohada, el cenicero con las colillas apagadas, la ventana abierta… salí de la casa y fui hasta mi auto. Del asiento derecho tomé una cajetilla de cigarrillos que la tenía de reserva y que nunca pensé que me serviría para este momento.
 

Regresé a la habitación y todo seguí igual. Me senté junto a ella y volví a colocar mi rodilla en su muslo. En el trayecto tomé la decisión. No le fallaría a su único sí. Pase lo que pase y sabría afrontar las consecuencias.
 

Mientras mi rodilla aprisionaba su muslo, prendí dos cigarrillos, puse uno en los labios de ella y el otro en los míos.
 

– Está decidido, lo haré yo pase lo que pase. Es lo único que puedo hacer en nombre de nuestras largas conversaciones, de nuestra amistad y de nuestras vidas. Luego veré como me las arreglo.
 

Le saqué el cigarrillo de la boca. Y el mío lo tome entre mis dedos. Estiré mi pierna y levanté la basta de mi pantalón hasta mostrar la caña de mis botas de modelo español, del interior extraje una de los artículos que siempre me acompañaron y la razón de usar esas botas.
 

Al sacarla de su funda que estaba pegada a la caña de mi bota, pude verla y de seguro esta sería la última vez; de modelo florentino, de hoja recta, muy estrecha y brillante, de sección poligonal; sus defensas cortas y cruciformes. Al tomarla en mi mano sentí los grabados del mango.
 

Nuevamente la contemplé al detalle y esta vez me detuve en su pecho. La casi trasparente camiseta blanca permitía identificar el tipo de brasier que usaba, por tanto debía ser preciso para lograr mi objetivo. Ya lo había hecho por otras razones pero nunca como un pedido expreso.
 

Cerré mis ojos y calculé el espacio entre la cuarta y quinta costilla, entre la costillas y el corazón, datos necesarios acordes con la contextura de ella y considerando la posición de sus brazos. Ella no se movería para darme facilidades.
Abrí mis ojos y volví a poner el cigarrillo en sus labios. Y yo fumé del mío.
 

– Quiero que te prepares. Estoy listo y lo haré de una sola vez, de un único golpe. Sentirás el dolor pero no durará mucho. Tendrás unos segundos más y luego ya nada.
 

Vi como chupaba el cigarrillo, pero sin moverse, lo retiré de sus labios y no vi que soltará el humo; lo deje en el cenicero casi a punto de acabarse y yo apague el mío. Pero volví a prender otro y lo dejé en el cenicero, luego lo necesitaría.
 

Mi mano derecha aprisionó con fuerza el mango de la daga y un destello me llegó a los ojos, al reflejarse en su hoja la luz solar; para mí fue una señal y de un solo movimiento, fuerte y sistemático, sin violencia pero bien calculado, la sepulté hasta que sentí que las defensas toparon su piel; hice un leve movimiento giratorio y la dejé allí, entre sus carnes mientras un leve hilo de sangre marcaba la camiseta blanca.
 

Ella suspiro y soltó el humo del cigarrillo que lo tenía entre sus pulmones, yo esperaba que mi acción haya sido efectiva y eficiente. De sus ojos cerrados apenas rodó una lágrima y en seguida los abrió. Me miró y la vi sonreír por unos instantes. Su boca se entreabrió.
 

– ¡¡Gracias!!
 

Fue lo último que dijo y su cuello cedió, su cabeza cayo hacia un lado, y fue cuando supe que había hecho bien mis cálculos. A pesar de todo, la experiencia en estos casos también servía.
 

Tomé el cigarrillo y lo fumé, me levanté y fui hasta la ventana, la mirada se me perdió a la distancia hasta que se acabó el cigarrillo. Lo arrojé con fuerza hacia el infinito.
 

Regresé y la volví a mirar. Al jarro, al cenicero y a la almohada junto a ella, ahora le acompañaba un pequeño charco de sangre. Tomé la cafetera y la bajé hasta la cocina, preparé nuevo café y prendí un nuevo cigarrillo. El aroma volvió a inundar la cocina, me acerqué al teléfono he hice un par de llamadas. En otro jarro preparé el último trago de café antes de la llegada o de la ambulancia o de la policía o de mi amiga abogada.
 

Solo era cuestión de hacer tiempo. Esperé con café y cigarrillo en mis manos.
 

El proceso se cumplió y tengo unas horas antes de escuchar mi sentencia. Mi encierro de estos tres últimos meses es el mejor lugar para escribir esta historia; de seguro tendré algunos años más para contar porqué decidí ayudar a mi amiga al aceptar su último “sí”.

viernes, 24 de septiembre de 2010

Mi segunda cita con Andrea


Tuvo que pasar algún tiempo para que pudiera escribir el significado de mi segunda cita con Andrea, para tener la suficiente capacidad de descripción sobre los momentos que nos conocimos y pactamos volver a vernos. 

La primera vez que Andrea y yo estuvimos juntos fue más por coincidencia en el banco de un parque, bajo la sombra de un gran árbol y el calor típico en una ciudad puerto; fue medio día y una botella de algún refresco.

Y como siempre, debía esperar ir a una reunión; encontré el banco con su respectiva sombra. Me senté, me refresque por unos instantes, miré el reloj y vi que aun faltaba mucho tiempo para llegar al lugar de la reunión. Saqué mi libro, prendí un cigarrillo y a leer una novela periodística.

Habré avanzado unas cinco páginas cuando de reojo vi que alguien quería sentarse en el mismo banco -igual había espacio suficiente- así que me retiré un poco y moví la botella de refresco. Quien se sentó a mi lado fue una bella mujer, muy agraciada, entre los 27 y 30 años; de su cuerpo fluía un extraño aroma que me desconcentró; no usaba ropa despampanante, apenas un pantalón de corte simple pero que reflejaban sus curvas y una blusa sencilla, sin escote y con mangas, pero semitransparente que permitía entender su seductor brasiere.

No pude dejar de mirarla por unos segundos y ella correspondió esa mirada. Antes de regresar a mi lectura, sentí una leve sonrisa, una sonrisa de saludo agradable. Igual hice yo. No fue por mucho tiempo.

     –¿Qué lee? Me dijo con un tono de voz seco pero muy atractivo. La regresé a mirar.

     –Es la historia de un periodista que escribía obituarios y que decidió redactar el último antes de suicidarse; se titula “Recuso extremo”. Contesté mostrándole mis ganas de conocerla y la portada del libro.

Volví mis ojos a mi lectura pero sin poder concentrarme, realmente quería seguir conversando con aquella hermosa extraña. No tuve que esperar mucho porque ella se acercó y me pidió que le explicara más sobre la novela que yo estaba leyendo.

Su aroma fue más intenso y mi nerviosismo más evidente. Tragué saliva y hablé.

     – Es un periodista que cuando estaba por suicidarse le llaman para que escriba un obituario de un hombre que aun no había fallecido, por una extraña razón decide aceptar ese último trabajo; termina involucrándose en un asesinato y se convierte en un fugitivo…

     – ¿Cómo es eso de obituario? Me preguntó cortando mi  relato

     –Es la reseña de una persona para contar su historia de vida, sus logros y fracasos, para informar al público quien fue el fallecido… Nuevamente me interrumpió

     – ¿Y cómo es que se quería suicidar ese periodista?

     −Con una pistola. Pegarse un tiro en la sien. El tipo estaba recontra deprimido porque no podía aceptar la jubilación… 

Otra interrupción. Claro que me gustaban esas interrupciones, me obligaba a mirarla a los ojos. El color de sus pupilas era de una tonalidad muy baja de café y se podía apreciar que había llorado mucho, pero que no le quitaban su atractivo. Podía, además sentir su aroma con más placer y ella parecía que lo sabía. Ahora se encontraba tan junto a mí que podía sentir sus caderas pegadas a las mías.

     −Debe ser terrible dispararse en la cabeza. Yo no sé si me atrevería. 

     −La verdad es que ese asunto de suicidios es muy interesante y mucho para conversar. Le dije sin pensarlo dos veces y esperando que me interrumpiera; no lo hizo, solamente sentí su mirada directa a mis ojos y el mensaje que siguiera hablando.

Le expliqué que el suicidio era una opción de vida y que generalmente es provocado cuando en nuestra mente y alma, algún “botón” se acciona y hace que decidamos ya no seguir sobre este planeta; que la decisión es muy simple: o sí o no, no hay intermedios. El problema del suicido es el cómo hacerlo y para ello hay marcadas diferencias entre como se suicidan las mujeres y como lo hacen los hombres. 

     −¿Eres sicólogo? Me preguntó

Fue mi oportunidad maravillosa que no la desaprovecharía

     −No, no soy sicólogo. Soy Alejandro a las órdenes.
     
     −Disculpa que no me haya presentado. Soy Andrea y espero que no te esté interrumpiendo.

     −Para nada, más bien es un gusto y gracias.

Hicimos un silencio por unos instantes, lo que aproveché para mirar sus labios. Se notaban suaves y carnosos, naturales, apenas con un brillo que los hacía sensuales. Realmente una mujer muy atractiva, tanto que pensé no ir al compromiso que tenía si ella quería seguir conversando.

     −Me gustó la parte del cómo hacerlo, hablo del suicidio. Me dijo Andrea rompiendo ese corto silencio de identificación.

     −¿Sabes porque es la parte más difícil? Porque nadie nos enseña ni enseñará cómo hacerlo, porque al ser el suicido el último acto que haremos en nuestra vida, debe ser perfecto, sin importar prejuicios sociales, de asuntos legales y remordimientos religiosos.

Andrea me miró, pero no estaba extrañada de escuchar mis palabras; más bien la noté bastante interesada.

     −¿Has intentado algún rato suicidarte? Me preguntó sin reprimirse

Dejé de mirarla y bajé la mirada, suspiré con fuerza.

     −Pues sí Andrea. Una vez lo intenté y me quedó una gran experiencia, por eso te cuento la parte más complicada.
    
     −¿Qué te falló?

     −Bastantes cosas. Largo de contar y explicar. No creo que te interese mucho.

     −No tengo nada que hacer, por eso salí a caminar y tratar de distraer mi mente.

     −Debe ser algo fuerte lo que tienes, tienes los ojos como si hubieras llorado mucho. ¿Te pasó algo?

     −No importa, ya luego te contaré.

En esta corta conversación algo pasó, pues nuestras palabras fueron de mayor confianza, como que ya hubiésemos sido conocidos. Sentía la cercanía de Andrea, no solo la física sino también la emocional. Al parecer ella también sentía lo mismo, pues en ningún momento intentó separarse o dar más espacio entre nuestros cuerpos.

Supe en ese momento que tenía que tomar una decisión sobre quedarme con ella o despedirme e ir a la reunión que tenía. Miré el reloj, tenía el tiempo justo para no llegar atrasado, así que me pregunté “¿Qué puede pasar sin no voy a esa reunión?” y yo mismo me respondí “nada, no pasa nada ni pasará nada”. Ahora cómo saber si es que Andrea quería seguir conversando conmigo, si le gustaba estar en mi compañía. Solo había una manera de saberlo.

     −Si no tienes nada que hacer de pronto nos vamos a tomar un café y seguimos conversando.

     −Me gusta, te acepto un café. ¿Conoces algún lugar por acá?

     −Sí, hay una cafetería como a dos cuadras, además es al aire libre y se puede fumar con tranquilidad. Nada como una conversación, un café y un cigarrillo.

Andrea sonrió en cuanto terminé de hablar con una mirada de complicidad. Se levantó del banco, yo primero guardé mi libro y la seguí. Ya parado al verla de pies a cabeza, supe que había tomado la mejor opción; tenía el porte adecuado y su anatomía parecía estar muy bien distribuida. Cerré por instantes los ojos para concentrarme, no quería que me descubriera que la miraba tratando de grabar en mi mente cada detalle de su cuerpo.

Empecé a caminar y ella se colocó a mi lado derecho. Lo que pasó ese rato paralizó mi corazón, mis sentidos; me sentí aturdido sin saber cómo reaccionar, sin saber qué pensar sobre lo ocurrido.

Cuando Andrea empezó a caminar a mi lado, sin ninguna señal metió su brazo por debajo del mío y aferró su mano en mi antebrazo; opté por apretar mi brazo hacia mi costado. Seguimos caminando sin decir nada por unos instantes, hasta que ella nuevamente rompió el silencio.

     −Es bueno saber que puedo conversar de un tema que me tiene mal y que no te asuste.

     −No tiene porque asustarme… creo que todos alguna vez lo hemos pensado. En realidad es uno de los temas que creo podríamos conversar; por ejemplo tengo la duda del por qué has llorado…

     −Ja ja ja ya sabía que algún rato me preguntarías otra vez sobre mi llanto, pero no es el momento para contártelo; tal vez algún día.

Seguimos caminando y empezamos a conversar más bien de la ciudad, del calor, algo de política; era una conversación de relleno hasta llegar a la cafetería. Miradas que nos cruzábamos y sentía el cuerpo de Andrea pegado al mío, tanto que el ritmo de sus caderas se trasmitía a las mías directamente.

Llegamos a la cafetería y buscamos una mesa libre, la vimos y allí nos acomodamos. Llegó una mesera y pedimos solamente dos tazas de café americano y un cenicero; puse la cajetilla y mi encendedor sobre la mesa. No esperamos mucho y nuestro pedido fue atendido; endulzamos nuestros respectivos cafés en silencio, Andrea con mirada perdida en el azúcar y yo mirando como sus manos bien cuidadas jugueteaban con la cuchara y la taza. Yo más práctico y rápido para ese ritual.

Levanté la taza y apure mi primer trago de café para degustarlo; no había problema y procedí a tomar mi cajetilla, la abrí y la extendí hasta la vista de Andrea, ella alzó sus ojos, me brindo una leve sonrisa y tomó un cigarrillo, yo hice lo propio y encendí el de ella primero y luego el mío. Nos miramos como esperando cada uno que el otro empiece a hablar; como siempre fue ella la que tomó la iniciativa.

     −¿Sabes por qué te acepté tomar un café?

     −Pues, querías conversar, de pronto no tenías con quien hacerlo ese momento; tal vez una forma de desahogo emocional. Creo…

     −No, nada de eso. Porque cuando me contaste lo que estabas leyendo y luego me dijiste que en algún momento quisiste suicidarte, pensé que eras la persona adecuada. Por eso estoy sentada acá. Quiero que me cuentes cada detalle; quiero que me digas que aprendiste de no haberlo hecho. Por eso y solamente por eso estoy aquí.

Llevó su cigarrillo a la boca, lo fumó con delicadeza y soltó el humo muy despacio; sus labios no se contrajeron ni forzaron ningún gesto, simplemente se mantuvieron firmes. Miró el cenicero y allí depositó el cigarrillo. Me alzó a ver y la miré.

     −Crees tu que voy a tener este tipo de conversación contigo en este momento, cuando puedo aprovechar para conocerte más, para saber de ti, de tus gustos y, claro, las razones por las que has llorado.

     −Ja ja ja No señor, jaja ya te dije mis razones, que tu tengas las tuyas es otra cosa. Pero podemos ponernos de acuerdo, podemos negociarlo. Por cierto, lo del llanto no entra en esto.

     −Está bien, por ahora no preguntaré sobre tu llanto; pero no es tema olvidado, algún rato deberás decírmelo. Ok?

     −Ok. No hay problema. Y ahora dime como empezó tu deseo de suicidarte.

Recomencé a relatarle las razones por las que, en algún momento de mi vida, había decidido suicidarme; a cada parte Andrea me interrumpía y me hacía preguntas, indagaba más y yo aprovechaba para pedirle sus opiniones…

Durante más de 4 horas, tal vez unos 6 cafés cada uno, unos bocadillos y una cajetilla de cigarrillos, es que mi historia terminó. Ya había anochecido y una ventisca suave nos refrescaba. Andrea ya no estaba alejada de mí, estaba junto a mí. No se cómo pero nuestras manos habían aprendido a tomarse y nuestros dedos a entrelazarse. 

Y así como llegó a sentarse a mi lado en el banco de aquel parque, me dijo que hora de irse. Lo lamenté muchísimo, pedí la cuenta, la pagué y nos levantamos. Caminamos unos metros y ella se detuvo, se paró frente a mi, sus brazos se extendieron y me abrazo por el cuello, atrajo mi cabeza hacia la suya y sus labios buscaron los míos. No opuse resistencia, lo deseaba y me dejé llevar.

No se si fue largo o corto el beso, pero sí puedo decir que sentí cada milímetro de sus labios y su suavidad. No fue un beso apasionado con fuerza, sino de aquellos que permiten trasmitir todo tipo de sensaciones, en que el tiempo no es importante. Nuestros cuerpos también se juntaron cuando yo la abracé por la cintura y la atraje hacia la mía con suavidad y ella también se dejó llevar.

Nuestros labios se separaron y yo me sentía flotar, me sentía fuerte. Andrea simplemente me miro, sus manos se posaron en mi mejilla y como siempre reinició la conversación.

      −No me digas ni me preguntes nada. Yo debo irme.

      −Quiero volver a verte.
     
     −Tal vez. Tengo que pensarlo, necesito pensarlo.

     −Te llamo, me llamas, me escribes… de alguna manera tengo que saber cuándo volvemos a vernos. No tengo tu número de teléfono.

     −Tranquilo, no tendrás cómo localizarme ni yo quiero saber cómo localizarte. Pero si vamos a tener una nueva cita. ¿Confías en mi?

     −Creo que no tengo otra opción, eres determinante. Ya lo has decidido y no tengo argumentos para hacerte cambiar de opinión. De acuerdo, confío en ti.

     −En ese caso, en tres días, nos veremos en la misma banca en que nos conocimos. Como a las 10 de la mañana. Si no llegas ya nunca más sabrás nada de mi. Si ese día estas en el lugar de la cita, entonces conocerás todo sobre quien soy y por qué lloré. Sabrás dónde visitarme. O aceptas o aquí no ha pasado nada.

     −Muy bien. Lo acepto.

Nuevamente se me acercó, me besó con la misma ternura y yo le correspondí. No podía pensar en nada más; en ese momento perdí toda mi capacidad de razonamiento. Ella terminó el beso, nos miramos por unos instantes sin decirnos nada, pero con nuestros cuerpos juntos.

Intempestivamente se separó, miró hacia la calle y alzó la mano, justo un taxi pasó por el lugar y ella lo hizo parar. 

     −Recuerda, en tres días a las 10 de la mañana en la misma banca que nos conocimos.

     −Andrea, tenemos una cita.

     −Alejandro, tenemos una cita.

Se subió en la parte posterior del taxi, cerró la puerta, me sonrió tras la ventanilla y vi como se alejaba. Prendí un cigarrillo y recién empecé a meditar sobre lo que había ocurrido, sobre lo que Andrea me había propuesto. Acabé mi cigarrillo mientras permanecí de pie aun sintiendo su roma y los besos de Andrea; su cintura y su caminar aun estaban en mi mente y sentidos.

Igual ya el asunto estaba dado y no tenía más opción que esperar que el plazo se cumpliera para volver a reunirme con Andrea. Esa noche terminó así simple.

Al tercer día llegue 10 minutos antes de la hora pactada para nuestro encuentro. Quería y necesitaba sentir otra vez la mirada de de Andrea, por puro capricho oler su perfume que lo tenía impregnado en mi ser. 

Llegó la hora indicada: 10h00; mis ojos miraban de lado a lado para encontrar la figura que tanto me sedujo. 10h10 y no la veía acercarse y lo supe por que miraba el reloj constantemente; pudo haber pasado uno o dos minutos más, cuando se me acercó una señora.

     −Buenos días, disculpe. ¿Es Usted Alejandro, el amigo de Andrea?

La miré extrañado, supe ese rato que Andrea no quiso o desistió de nuestra primera cita.

     −Sí, soy yo. A las órdenes.

     −Andrea me pidió que por favor le entregue esto.

Extendió la mano y me dio un sobre con un periódico. Los recibí con algo de recelo. Quise preguntar por Andrea pero no me dio tiempo. Se despidió y se fue, seguí a la señora y le pregunté sobre Andrea.

     −La verdad que no se nada, solo me dijo que le trajera esos papeles.

     −Usted debe saber cómo encuentro a Andrea

     −No señor, nos conocimos mientras hacíamos fila para un trámite, ella conversó conmigo, me cayó bien; me pareció buena muchacha. Me pidió el favor y como no vi nada malo, pues eso hice, le entregue esos papeles a Usted y no se más. Disculpe usted pero debo irme.

Me quedé intrigado. La única opción que tenía era leer los documentos. Fui hasta el lugar que pudo ser del reencuentro, de nuestra primera cita con Andrea, su aroma, su mirada y su cuerpo. Tomé asiento, prendí un cigarrillo y dejé a un lado el periódico que me habían entregado, abrí el sobre y saqué una carta.

     “Querido Alejandro
     Tal como habíamos quedado he cumplido con llegar a nuestra primera cita, tal vez no como  hubieses imaginado…”

Una carta firmada por Andrea (sin apellido) de casi tres carillas escritas a mano y en cada párrafo me contaba las razones de su llanto, los motivos profundos por lo que se quedó conversando conmigo y los detalles que había explicado; me decía también lo que sintió cuando nos besamos y sintió mi cuerpo.

Al final de la carta me decía: “Me gustó lo que sentí pero nos conocimos tarde”

Dejé la carta a un lado, prendí otro cigarrillo y tomé el periódico; allí estaba una nota de crónica roja que informaba sobre el suicidio de Andrea y que en el lugar se había encontrado una nota que decía “Quizás un día alguien escriba mi obituario”.

Me quedé viendo la foto en vida de Andrea. Me levanté de la banca de nuestro primer encuentro y primera cita. Supe que me pidió un favor. También entendí en dónde sería mi segunda cita con Andrea.